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BEATO FRANCISCO PEREZ DE GODY   

Francisco Pérez de Godoy nació en 1540 en Torrijos , en la calle de Los Molinos, nº 15. Era hijo de Juan Pérez de Godoy y de Catalina del Campo. Aquí, en Torrijos, estudió Gramática Latina; prosiguió sus estudios en Salamanca, y más tarde pasó al colegio de los Padres Jesuitas de Medina del Campo, donde se licenció en Derecho Canónico.

Haciendo los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, le tocó Dios en el corazón y decidió dejar el mundo para ingresar en la santa Compañía de Jesús el 15 de Abril de 1569. Sentía muchas dificultades en consentir esta llamada, siendo entre otras la de cortarse el bigote, que tenía muy crecido por preciarse arrogante de su gallardía y valentía. Pero prevaleció la inspiración de Dios, y tomó una tijera y él mismo se lo cortó, pareciéndole que con este gesto le alejaba de las vanidades del mundo; y fue tanto el fervor con que pidió ser admitido en la Compañía, que le recibieron y lo enviaron al Noviciado de Medina del Campo, en donde procedió siempre con sencillez y humildad, ayudado y dirigido espiritualmente por su maestro el Padre Baltasar Álvarez, confesor de Santa Teresa de Jesús.

Un día de mucho trabajo Francisco fue enviado a la cocina durante la oración de la mañana, y no tuvo bastante tiempo para tener una hora seguida de oración. Cuando hubo lavado la loza y tenía todo dispuesto para la cena, dijo al cocinero que ese día no había tenido oración, y éste le dejó ir a hacer oración hasta que le llamara. Estuvo siete horas; ni siquiera fue a cenar. El P. Ministro le mandó llamar y le dijo: “Hermano, ¿por qué no ha ido a cenar?”. Francisco le contestó: “He estado haciendo oración”. “Pero –afirmó el padre-, cuando se oye la campana, ¿no se ha de dejar todo?”. El torrijeño apostilló: “El hermano cocinero me mandó que hiciese oración hasta que me llamase, y ahora me han llamado”. El P. Ministro se admiró mucho y le mandó cenar. Interrogado el cocinero sobre el particular, dijo que era verdad, pero suponía que sólo iba a estar la hora acostumbrada.
Procuraba hacer las cosas con la mayor perfección que podía, y cuando iba a la cocina, fregaba las sartenes, cazuelas y ollas hasta que las dejaba muy limpias y resplandecientes, por mucho trabajo que les costase. Un hermano le preguntó que para qué se cansaba tanto en fregarlas, pues luego se habían de volver a ensuciar, a lo que contesto Francisco que cada noche ofrecía a Nuestra Señora todas las obras que había hecho en aquel día, y que tenía vergüenza de ofrecerle una obra mal hecha.
Para  este gran fervor influía prodigiosamente en Francisco,  las conferencias del P. Baltasar, el cual solía decir algunas notables sentencias, que eran como columnas del edificio espiritual de su alma; y como las decía con tanto espíritu, quedaban impresas en el corazón de los novicios. Una de las sentencias que les inculcaba era: Ninguno degenere de los altos pensamientos de Dios; con lo cual los alentaba a perseverar en la vocación. Se grabó tanto esta sentencia en Pérez de Godoy, que se aprovechó de ella en el mayor y más glorioso trance que en esta vida se le pudo ofrecer.
Tenía un día el P. Baltasar Álvarez a su lado a Godoy, y le dio a tomar cierta cosa; tardó en tomarla, porque no la vió, hasta que volvió todo el rosto para verla, de donde dedujo el P. Baltasar que le faltaba totalmente la vista del lado izquierdo. Le preguntó si era así, confesando Godoy que era verdad, y que lo había ocultado en el examen que se le hizo cuando entró en la Compañía temeroso de que este defecto natural fuese impedimento para entrar. Mucho lo sintió el Padre, teniendo por cierto que los Superiores despedirían a Godoy por aquella irregularidad y especialmente por la falta que les hace a los sacerdotes el ojo izquierdo, para leer el Canon. Así se lo trasmitió, añadiendo que si quería continuar en la Compañía, el único medio de conseguirlo sería, si sentía ánimo para ella, ofrecerse para ir al Brasil con los cuarenta religiosos que estaban dispuestos para marchar, porque en tal caso él lo negociaría con el P. Ignacio de Azevedo; Godoy le contestó sin vacilar que iría de muy buena gana a empresa tan gloriosa. Informó el Padre Baltasar al Padre Acevedo de la mucha virtud de este novicio, aunque adolecía de aquel defecto, tenía especial gracia en tocar el arpa, lo cual quizá fuese de algún provecho para domar la fiereza de los indios salvajes. Con esta información, el Padre Azevedo llevó consigo a Francisco Pérez de Godoy.

Ignacio de Azevedo y Abreu, nacido en Oporto en 1526, fue paje en la corte del Rey Juan III de Portugal desde 1539. Dos años más tarde entra en la Compañía de Jesús, llegando a ser nombrado sucesivamente, rector de los colegios de San Antonio de Lisboa, Coimbra y Braga y más tarde Viceprovincial de Portugal.
En una carta al Papa en 1565 solicita ser enviado a las Indias como misionero. Accediendo a esta petición, es enviado a Brasil como Visitador de la provincia jesuítica. La patente de Visitador fue firmada por San Francisco de Borja, por aquel entonces, General de la Compañía. Aprovecha su etapa en el país recorriendo Río de Janeiro, Bahía, Sao Paulo..., encontrándose en ocasiones con el Padre José de Anchieta y, probablemente con el que llegara a ser Apóstol del Paraguay, el mártir palmero Padre José de Arce y Rojas.

Regresa a Lisboa el 31 de octubre de 1568 y es recibido en audiencia por el Rey don Sebastián. Al año siguiente se dirige a Roma en compañía del embajador don Juan Telos de Meneses y es nombrado Provincial del Brasil, con lo que adquiere la potestad para reclutar una expedición de misioneros.
El Papa San Pío V lo recibe en Roma y le obsequia con diversas reliquias para que fueran veneradas en las nuevas misiones, así como un retrato de la Virgen, copia del original -que se custodia en la capilla Borghese de la Basílica de Nuestra Señora La Mayor de Roma-, atribuido al pincel del Evangelista San Lucas.
Ignacio recorre Madrid, Valencia, Barcelona, Medina del Campo, etc. En Portugal visita Évora, Coimbra, Braga. En todas estas zonas iba alistando voluntarios.
El día 3 de mayo de 1570 concentra en Val del Rosal a los 77 misioneros en la fiesta de la Santa Cruz.

Francisco Pérez de Gogoy era el maestro de música en Valle del Rosal (tocaba muy bien el arpa), pues el P. Ignacio quería que las recreaciones de los hermanos fueran agradables y con frecuencia mandaba que cantasen algo.

El día 2 de junio, cerca de Lisboa, en Belem, escribe ya en el galeón Santiago al General de la Compañía de Jesús. El galeón Santiago zarpó del puerto de Funchal con rumbo a Santa Cruz de La Palma el 7 de julio de 1570, aprovechando que los piratas habían abandonado finalmente la isla. A bordo iba el Padre Ignacio de Acevedo con 39 misioneros más y algunos pasajeros, amén de la tripulación. Estuvieron a punto de ser abordados por los cinco navíos de Sourie. Un fuerte viento se levantó repentinamente, lo que dispersó a los barcos, al aproximarse a La Palma. El galeón de los jesuitas tuvo que guarecerse rápidamente en el puerto de Tazacorte. Una vez anclado el galeón, saltaron a tierra los misioneros, quienes fueron acogidos por la familia Monteverde, establecida allí desde hacía algunos años. Se dio la circunstancia de que Melchor de Monteverde y Pruss se había educado junto con el Padre Ignacio en Oporto.

El 13 de julio de 1570 celebró el Padre Ignacio de Acevedo su última misa en tierra, en la iglesia del Patrón de La Palma, San Miguel Arcángel de Tazacorte.

El 14 de julio de 1570 zarpa el galeón Santiago rumbo a Santa Cruz de La Palma, por la parte sur de la isla. El mar, por este lado de poniente, se hallaba en calma ese día, lo que obliga al galeón a avanzar lentamente costeando la isla para mejor aprovechar el terral, la ligera brisa que le llega de tierra.

El corsario Jacques Sourie, a bordo del navío de guerra Le Prince, pudo interceptar al galeón de los jesuitas cuando éste se aproximaba a la Punta de Fuencaliente, aprovechando los vientos favorables que le venían del mar por la parte del naciente. Esto sucedió al amanecer del día 15 de julio. A los disparos de intimidación por parte de los piratas, les siguen los intentos de abordaje. Mientras tanto, los otros navíos del pirata se iban acercando al galeón Santiago. A la orden de Sourie, de los cinco barcos franceses
saltaron salvajemente sobre el galeón portugués, unos piratas armados ávidos de sangre y riquezas. Nada pudieron hacer los tripulantes y los jesuitas. Todos iban sucumbiendo ante tal atroz ataque. El Padre Acevedo alentaba como podía a sus compañeros y compatriotas. Un capitán calvinista lo hiere en la cabeza con una espada. A duras penas seguía exhortando a los suyos a perdonar a los verdugos, mientras abrazaba con fuerza el pequeño cuadro de la Virgen, obsequio de Pío V. Herido de muerte por tres golpes de lanza, cayó al suelo sin vida. El novicio Francisco Pérez de Godoy lo acompañó en su martirio hasta que murió. Terminado este acto de caridad volvió a su puesto para ayudar a los que luchaban, diciéndoles: "hermanos, no degeneremos de los altos pensamientos de hijos de Dios"

Tan sólo fue perdonado un hermano cocinero, no por compasión, sino  para que les sirviese en su cocina. Pero un joven virtuoso que era sobrino del Capitán de la nave, comenzó a aficionarse tanto a la Compañía que, pidió ser recibido en ella; y aunque el P. Ignacio no le recibió, él no se apartaba de su lado ni dejaba de hacer la oración y penitencia que veía hacer a los demás, teniéndose por uno de ellos. Éste decide vestirse con el hábito religioso y se declara jesuita.

Los piratas lanzaron por la borda a los cuerpos mutilados, algunos moribundos, hasta que los vieron hundirse en el mar. Fueron cuarenta los que murieron en esta jornada del Brasil.

El mismo día que aconteció el martirio de estos santos religiosos se le reveló Dios a su gran sierva Santa Teresa de Jesús- que tenía entre los mártires a su sobrino Francisco Pérez Godoy, originario de Torrijos, Toledo-  Le comunicó el mismo día en Ávila a su confesor y director espiritual el Padre Baltasar Álvarez  haber participado en su oración de la gloria con que el cielo había coronado a aquel invicto escuadrón de mártires misioneros. Le comunicó que había tenido una visión en la que había visto a estos mártires "entrar en el cielo vestidos de estrellas y con palmas victoriosas".
 La noticias que llegaron después, y que llenaron de entusiasmo a Portugal, España e Italia, dijeron que Francisco Pérez Godoy, como todos sus compañeros, habían regado con su sangre martirial, sin haber pisado las tierras prometedoras del Brasil, donde florecería tan pujante la Iglesia Católica.
Dos Sacerdotes, doce Estudiantes, catorce Hermanos y ocho Novicios jesuitas, venerados como Beatos, son los héroes de esta aventura divina.

El 11 de mayo de 1854 el Papa Pío IX los beatificó y en el santoral católico aparece reflejada esta festividad el 15 de julio.

En Torrijos  se celebrada la festividad de los mártires con solemnidad y procesión de  la imagen del Torrijeño Beato Francisco Pérez de Godoy.


En 1999 se colocaron en el fondo del mar -a unos veinte metros de profundidad y donde se cree que fueron arrojados los jesuitas- cuarenta pesadas cruces de piedra que recuerdan tan triste episodio. Antes de su inmersión fueron bendecidas por el Obispo Nivariense. Están situadas entre la Punta de Malpica y la Punta de Fuencaliente, cerca de la llamada Boca Fornalla (también conocida por los pescadores de la zona como Cueva de las Palomas). Su situación exacta es: 28º, 27", 178"" Latitud Norte y 17º, 50", 748"" Longitud Oeste. Se trata de un magnífico e impactante espectáculo visual, una sorpresa para el que desconoce este especial y original monumento. Se encuentra en el punto más famoso de la zona, pues su paisaje submarino es uno de los más hermosos del sur de la isla, cerca de la llamada Torre de Malpique o Malpica, en la costa de Fuencaliente de La Palma.
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