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VIDA DE SAN GIL
Atenas, ciudad insigne de Grecia, cuyas prerrogativas gloriosas han sido asunto dignísimo de muchas y muy eruditas plumas, fue dichosísima patria del bienaventurado San Gil. Tuvieron la suerte de ser sus padres Teodoro y Pelagia, que con tal hijo pusieron a su ilustrísima ascendencia una inmortal corona. En el bautismo se llamó Egidio, nombre que después invertida una letra y dejadas otras ha quedado Gil. No tuvo apellido según el antiguo uso de toda Grecia y de la mayor parte de las naciones, costumbre poco política por no apreciar dignamente aquel continuo recuerdo de la estrecha obligación, que con el mismo linaje se hereda hoy, de corresponder o aventajar a los más famosos mayores, pero hija por cierto de la natural sencillez que, estimando solamente la nobleza que procede de la virtud, animaba a muchos a adquirir con sus heroicas acciones esclarecidos renombres; benemérita prosapia, que aún está la fama propagando por medio de una memoria perpetuamente duradera.
Sus buenos padres, obedeciendo gustosos al agradable imperio con que la naturaleza obliga a la más provechosa educación de los hijos, y considerando que no es menos importante que el propio ser la vida racional, que la sabiduría inspira, procuraron encaminar por la segura senda de la virtud y letras a su hijo Gil.
Es la virtud una divina y fecundísima semilla que fácilmente se arraiga y propaga en el corazón humano, concurriendo el calor y fomento de la propia voluntad, siendo cierto que de parte de la Divina nunca puede faltar el oportuno riego de su graciosa beneficencia que la fertiliza y alimenta. En este particular debió Gil a Dios cuanto podía desear, y por su parte correspondió a la obligación que tenía. De esta suerte sucedía que las primeras flores de virtud, que sus tiernos años brotaban, antes pareciesen nacidas de su benigna inclinación, que las solicitase con ruegos o preceptos la vigilancia de sus padres. Vivían estos sumamente contentos con la frecuente observación de tan grandes virtudes en tan pequeña edad. Admirábanse mucho de que, en unos años en que los juegos y entretenimientos son el empleo más agradable, supiese un niño apreciar el tiempo. Más gustaba de tratar con Dios orando y contemplando que con aquellos mismos que más caricias le hacían.
Sabía Gil que las pasiones humanas casi todas son un vulgo rebelde, que continuamente está maquinando contra su propio Señor; y, como temía en sí mismo el amotinamiento (siempre terrible) de los afectos oprimidos, se castigaba rigurosamente con penitencias ásperas, adelantando la mortificación de su delicado cuerpo, para que el peligro encontrase ya prevenida la resistencia.
Pero si bien era admirable en todas las virtudes que podía practicar, resplandecía singularmente en la caridad con el prójimo, como quien entendía muy bien que la limosna es una muy piadosa y útil granjería, que tiene bien asegurado el mayor logro: pues dar dineros al pobre por amor de Dios es ponerlos a usuras lícitas en los divinos bancos de aquel mercader infinitamente liberal, que retribuye sin falta siete veces más, no permitiendo jamás que llegue a verse en necesidad el que por su respeto la remedió a otro con mano franca. No esperaba Gil la petición del pobre, teniéndola como afrentoso mandamiento o ejecución de la paga retardada. Y creyendo que la miseria común suele nacer de la poquísima caridad de los ricos, anticipaba el remedio con ánimo piadoso, dando gracias a Dios porque se dignaba de honrarle con el alto empleo de dispensero suyo. En fin su caridad llegó a ser tal, que como de prestado vestía, pues de su ropa no era dueño más tiempo que el que tardaba el pobre en manifestar su desnudez y, cuando más no podía, procuraba interceder con sus padres por la necesidad de los pobres y, en la limosna que hacían ellos, aplicaba los ruegos de su parte para tenerla también en lo que guiaba su ánimo al divino ejercicio de la piedad.
Viendo Dios cuán buena cuenta le daba su siervo fiel de los talentos que le había encomendado, empezó luego a premiar tan generosa virtud haciendo a Gil admirable a los ojos de los hombres: pues yendo un día a la iglesia, que solía ser su más frecuente habitación, al pedirle limosna cierto mendigo enfermo, no teniendo dinero con que poder socorrerle, revistiéndose de nueva y más inflamada caridad, se quitó el vestido, dióle al pobre y le sanó al instante. ¡Qué ingeniosa es la piedad! Siempre halla qué dar. Cuando ya no puede más, obra más de lo que parece que puede, empezando a ser liberal con el poder de Dios. Con una limosna remedió Gil dos necesidades: abrigó al desnudo y le dio salud.
Quien así vivía, y lograba de Dios tan prodigiosos favores, fácilmente puede pensarse cuán gustosamente se aplicaría a la obligación del estudio. Empleaba en él las horas convenientes, procurando practicar aquella grande máxima de estudiar orando. De esta suerte consiguió adelantarse tanto, que presto pudo dedicarse a las Sagradas Letras, adquiriendo en ellas una sabiduría sólida sin presunción ni vanidad, con que supo siempre despreciar magnánimamente la opinión del mundo y granjear dichosamente la estimación de Dios.
Dio luego Gil un manifiesto testimonio de su gran despego de las cosas terrenas, pues, habiendo muerto sus padres y quedando heredero de su rico patrimonio, le distribuyó todo entre los pobres, quedándose con sólo el mérito de haberle repartido, que es el mayor tesoro que se puede depositar en el reino de los cielos; pues la verdadera y mayor riqueza no consiste en amontonar dineros, sino en disminuir y aniquilar la codicia.
Desembarazado ya de los engañosos bienes (impedimento de que solamente puede librarse quien es capaz de pisar cuanto aprecia el mundo) vivía Gil muy alegre, tan satisfecho y gozoso con el escaso sustento, que alcanzaba de limosna, como si poseyese todo el mundo; siendo cierto que, así como no hay cosa tan ligera que no se haga pesada a quien la hace contra su voluntad, así tampoco nada hay pesado que no se haga ligero a quien de buena gana lo ejecuta. La memoria de las pasadas riquezas y la presente miseria, que, siendo tan discordes entre sí, suelen fundar en su misma oposición una firme alianza con que contrastan y desarman de la paciencia al más brioso y constante corazón, recreaban a Gil dulcemente obligándose su regocijo pacífico a exclamar así. "¡Ah, Dios y Señor! ¡Con qué quietud estoy yo gozando de nuestra santa paz, libre ya del tumulto de los que solamente me seguían por lo que esperaban de mí! ¡Cuán expeditamente libre puedo ya engolfarme en la contemplación de nuestras infinitas perfecciones, y navegar felizmente por este golfo peligroso de la vida humana, respirando el viento favorable de nuestra divina gracia!"

La admirable vida que pasó Gil allí no se deja escudriñar de la curiosidad más solícita, y solamente pueden conjeturarla los ánimos piadosos. Qué vida tan austera sería la de aquel que, habiéndose privado con deliberación madura de vivir en el mundo con el mayor regalo, pareciéndole aun demasiadamente abundante la mendiguez del sustento, dejó el uso de la caridad para beneficio de otros mucho más necesitados, esperando entretener su vida con el escaso alimento de un bosque estéril! ¡Qué trato con Dios tan angelical el de aquél que, no solamente huyó el despreciable aplauso de los aduladores viles, sino también la útil compañía de los hombres santos por evitar las consecuencias del concepto que hacían (aunque justo) de su vida! Podemos pensar que sería tal su cama que, a otros muchos para no dormir, bastaría la diligencia de reclinarse en ella; sus ayunos, continuos; sus penitencias, asperísimas; su contemplación y virtuosos afectos tales, como se pueden imaginar de un extático varón, cuya única ocupación era desahogar su pecho en el amor divino.
Mas lo que se refiere en las leyendas es, que vivía el santo tan favorecido de Dios, que su providencia le destinó una cierva que, por espacio de tres años, todos los días y a ciertas horas, iba obediente a la cueva a suministrarle leche: milagro sumamente admirable, no sólo por la natural medrosidad de la cierva, sino también por la maravillosa prolongación de la perene fecundidad de aquellas fuentes; y que es evidente prueba de que el santo varón ponía todo su cuidado en amor a Dios, pues había de proveerle tan extraordinariamente el alimento necesario.
Pero con todo esto la divina providencia quiso hacer más patente el singular cuidado que tenía de la conservación de Gil.
Iba Gil continuando su felicísima vida, y cuando más gustoso se hallaba en su amada pobreza (por la ocasión de humillarse que lograba en ella) tanto mayor cuidado tenía Dios de ensalzarle en la común veneración. Un día pues al salir de la iglesia encontró un hombre improvisamente mordido de una sierpe ponzoñosa. El veneno ya le había penetrado, de suerte que, no habiendo lugar para la consulta y juzgándose por inútil todo humano remedio, solamente quedaba la esperanza del favor divino. Acercó se Gil al común lamento, compadecióse mucho, hizo luego oración, sanóle.
También tenía el santo varón eficacísimo poder contra la infernal serpiente pues, hallándose cierto endemoniado en una iglesia y alborotando con horribles gritos a la gente devota, mandó Gil al demonio con imperio que al instante dejase libre aquel cuerpo y, obligado el espíritu maligno de tan poderosa virtud, muy a su pesar obedeció.
Estos y otros muchos milagros hicieron célebre la santidad de Gil, y reconociendo él que tan recio viento de aplausos podía perder su alma demasiadamente confiada, o bien encallándola incautamente en los desgraciados bajíos de la tibieza, o dando con ella violentamente en los infames escollos de la soberbia (de que hay tan tristes ejemplos) determinó con ánimo constante dejar su patria y retirarse a parte, donde la comunicación humana no le fuese impedimento de la salvación eterna.
Embarcóse pues para Francia y, luego que estuvo en alta mar, aquel vientecillo que, poco antes engañosamente lisonjero prometió en el puerto navegación feliz, comenzó a mostrar su condición terrible. Furiosamente impetuoso alborotó el mar, levantando sus olas horrorosos montes de agua, de que con justo miedo se retiraba la temerosa vista de los infelices navegantes, fijándose inconsolablemente en la frágil nave, que, aun considerada como sepulcro cierto, era menos espantosa memoria de su desgracia al parecer irremediable. Aumentaban el horror de los afligidos naufragantes la furiosa discordia de los ruidosos vientos y los impetuosos bramidos de las nubes, que, alterando su obscuridad con los rayos, deslumbraban los ojos con repetidos relámpagos. Añadía espanto el rechinar de las maromas tirantes, los grandes crujidos de la nave debilitada, y lo que es más, el triste clamor de una prevista y cercana muerte. Gil a voces repetía: "Orad, amados hermanos, y levantad a Dios vuestro corazón. No sucede esto sin voluntad suya: ni su divina ira se aplaca con un temor humano, sino con humildes ruegos, y verdadero arrepentimiento de vuestras pasadas culpas". Añadió a esto su eficaz oración y luego se vio aplacado el viento y reducido el mar a una tranquilidad, tanto más apacible cuanto menos esperada. Prosiguió la nave su navegación destinada y, aunque surcaba el mar velozmente, parecía a Gil que se iba retirando su deseado puerto. Tal era el ansia de llevar a donde le conducía el buen propósito de sacrificarse todo al amor de Dios.
Aportó por último a Francia, donde, apenas puso los pies en la arena, repitió las gracias a Dios por haberle librado de tan grandes peligros y concedíole llegar a tierra donde se prometía servirle sin embarazo alguno.
Encaminóse luego a la ciudad de Arlés, de donde era obispo a la sazón aquel insigne prelado Cesario, varón admirable por su doctrina y santidad, el cual gobernó aquella silla antiquísima desde el año quinientos y dos hasta quinientos y cuarenta y dos. En su compañía estuvo Gil por espacio de dos años con gran consuelo de entrambos, porque mutuamente se animaban con el buen ejemplo y con la comunicación fervorosa de las cosas de Dios. Yo conjeturo que San Gil trató a San Cesario en los primeros años del siglo sexto por lo que después diré. Allí en Arlés fue donde se dice que San Gil sanó milagrosamente un enfermo, que por espacio de tres años había padecido unas molestísimas tercianas, contra las cuales había sido ineficaz la aplicación de las medicinas y la solícita diligencia de los médicos.
Observando Gil el levantamiento casi imperceptible de aquel vientecillo del vulgar aplauso que apaciblemente podía ir resfriando su humildad, animosamente tomó una resolución que le había costado muchísimas ansias, a que fuertemente se oponía una tierna piedad de sí mismo, representándole los graves embarazos que se ofrecerían para llevar adelante la imaginada empresa. Resuelto, pues, buscó a Cesario en un retiro (que esa es la habitación de la virtud) y, solicitando particular atención, le habló en esta sustancia. "Cuando a persuasión del miedo de los peligros mundanos, contemplo, padre mío venerable, mi pasada vida, hallo en mi perdición un vivo ejemplo del infeliz estado a que llega un alma confiada. Desde que la luz de la razón rayó en mí, he deseado limar esta pesada cadena del amor propio, que me tiene amarrado estrechamente a la vanidad del mundo. Fié la lima a la oportunidad del tiempo, y veo que, siendo todo instante bueno, me lo está disuadiendo una necia esperanza, que cruelmente piadosa, al paso que va entreteniendo a mi buen deseo, añade eslabones a mis propios yerros, sabiendo que con eso lisonjea a mi voluntad presa. Para una determinación animosa nada ha podido conmigo la experiencia larga de tantos buenos propósitos sin efecto alguno, ni lo que es más, el vivo ejemplo de sus heroicas virtudes. Mas ahora siento una fuerza interior que me está llamando a una vida perfecta y, sin violentar mi libre albedrío, suavemente me obliga a renunciar el mundo. Con su licencia pues partiré, y de este modo quedarás tú libre de mi trato importuno, y yo con el buen ejemplo que me has dado me llevaré una regla segura para saber vivir."
Oyó Cesario tiernamente tan animosa oración, y anticipando a su respuesta copiosas lágrimas (de puro consuelo) respondió así. "No quiera Dios que yo le usurpe por mi amor propio el que tú, Gil, le debes. Sigue pues sus santas inspiraciones y asegúrate de que tu resolución es tal que solamente siento alabarla, sin que me permita el empleo en que me ha puesto Dios poder seguirla, o por lo menos ir a ser testigo de tu vida angelical. Una cosa te ruego que, cuando estés logrando aquella amable tranquilidad a que tú aspiras, te acuerdes por Dios de los que aquí tan desalentadamente forcejamos en dirigir nuestras almas por este mar borrascoso de los peligros humanos."
Dichas estas razones, se estrecharon Gil y Cesario sus abrasados pechos mutuamente, inflamándose con una ardiente caridad, y rebozando sus ojos tantas lágrimas que con tropel salían, aquel mudo razonamiento fue mucho más elocuente que el primero, siendo los gemidos fidelísimos intérpretes de sus piadosos ánimos. Habiéndose Gil dividido de su amigo íntimo, pasó el Ródano y, encontrando en su ribera a un ermitaño llamado Veredemio, se detuvo con él algunos días para poder gozar de su provechosa y amable comunicación. Sanó también otro enfermo y, siendo aquella tierra muy estéril, se dice que la hizo fertilísima y muy amena.
Formó Veredemio un gran aprecio de la virtud de Gil y, viendo éste que la veneración de Veredemio se avendría muy mal con aquella humildad a que él anhelaba, se vio obligado a dejar con presteza a su buen compañero.
Entró tierra adentro y, en aquella parte donde el río Ródano se comunica con el mar, encontró una selva casi impenetrable por su grande espesura. Empezó a vencerla con dudosos pasos, enderezándolos como podía por las enmarañadas ramas. Suspendía a su espíritu aquel acorde murmullo con que, batiendo el viento las hojas, las hace músicas. Al mismo tiempo las avecillas cantadoras, haciendo varias capillas de las frondosas bóvedas, formaban una agradable armonía con su dulcísimo canto. Engañaba Gil su fatiga con tan inocente diversión, cuando halló una cueva retirada, proporcionado abrigo para las inclemencias del tiempo, y una clara y copiosa fuente en que poder satisfacer la necesidad precisa de la naturaleza. En llegando allí exclamó Gil. "¡O amable retiro! ¡O quieta estancia! si acá no llegan los molestos ecos del mundo, tú serás asiento de la peregrinación mía. Si aquí se logra abundantemente el favor de Dios, tú serás mi mansión. Queden allá fuera todos los cuidados, y solamente tenga yo el que debo de servir a Dios. Aquí no me será molesto el vano y mentiroso aplauso. Sea Dios bendito. Él sea el único objeto de mi entendimiento, Él el único blanco de mi voluntad. Sea Él mi todo en todas mis cosas.
Un día, pues, en que los criados del rey (nombrar al rey es querer adivinar) salieron a caza hacia aquella parte, encontraron la cierva sus ligerísimos lebreles y, poniéndose a seguirla, le iban ya a los alcances. Mas ella, bien que fatigada, esforzó los últimos alientos hasta llegar a guarecerse a los pies del santo, como quien, desconfiada de sí, solicitaba su favor en tan evidente peligro. Hizo Gil oración, suplicando a Dios que pues aquella inocente cervatilla había sido instrumento de sus pasmosos prodigios, si bien él por sus pecados merecía el castigo de su justa indignación, se dignase de alargar la vida a la que mejor que él la había empleado en servicio suyo.
Oyó el Señor tan humildes y tiernos ruegos, y si bien los lebreles tenían a su vista la anhelada presa, no se atrevieron a dar un paso más; antes bien, dando grandes y temerosos ladridos, volvieron espantados hacia donde estaban sus amos.
Mas Dios, que iba ordenando que Gil saliese de aquella cueva, dispuso que el rey, que de aquello tuvo noticia, fuese el día siguiente al paraje mismo con muchos más cazadores y muy valientes lebreles, y como amedrentados éstos tampoco osasen acercarse a aquella grande espesura donde estaba oculta la cueva, uno de aquellos cazadores flechó su arco, disparó la saeta desatinadamente y por casualidad hirió al santo. O fuese que el dolor no pensado exprimiese del pecho del pacientísimo varón algún gemido involuntario (irresistible acción del primer movimiento) que llegase a los oídos de los cazadores reales, o que su curiosidad natural los incitase a penetrar tan enmarañada espesura, llegaron intrépidos (y en su compañía el rey) hasta la misma cueva.
 
Allí fue la admiración. Vieron puesto de rodillas y casi inmóvil a un monje venerable, que por sus muchos años, penitente rostro y austero hábito, infundía en sus ánimos un profundo respeto. Corría sangre copiosa de la reciente herida, y la cierva, nada amedrentada con la novedad de los huéspedes, gozaba segura de un inviolable asilo a los pies del santo. Pasmados todos, quedaron mudos a vista de tan maravilloso espectáculo; y el varón extático que, dulcemente embelesado en la oración, estaba casi como fuera de sí, recordó en fin y advirtiendo, aunque humilde, la confusión de los presentes, habló en esta sustancia. "Esta saeta que en mí veis clavada, si bien ha salido de alguno de vuestros arcos, ha tenido soberano impulso que con suave y poderosa mano ha querido sujetarme a sí. La culpa, señores, es toda mía, o de las mías nace. Dios pues os encamine, y dejadme llorar, no por el dolor de la herida, sino por el poco sentimiento de mis pasados delitos."
Proferidas estas palabras con un semblante severo y ánimo arrepentido, sumamente conforme a la voluntad de Dios, excitaron en los presentes una singular ternura que, no pudiendo contenerse en el corto espacio del pecho, hubo de buscar por los ojos algún desahogo, primicias de las muchas disculpas y satisfacciones que confusos y compadecidos todos le dieron; y singularmente el rey, que luego al punto mandó que le curasen.
Observó el rey aquel aspecto penitente, constante ánimo, humildad profunda y conformidad con Dios que es la madre de las virtudes; y desde entonces formó un elevadísimo concepto de la santidad de aquel solitario. Mas reconociendo que si bien el oro mientras está escondido es despreciado, sin embargo pierde mucho más quien no lo descubre; deseó informarse más llenamente de aquel monje; y declarándole antes su real persona, le preguntó quién era. A tal precepto quedó Gil más pálido que el pasajero rico cuando se ve obligado a descubrir por fuerza a los ladrones toda la plata y oro que lleva consigo. Por una parte la obediencia le violentaba; por otra, la humildad le retraía. Pero después de fuertes combates, hubo de quedar la humildad como quien era, cediendo al precepto, y así finalmente se descubrió Egidio.
Quedó atónito el rey contemplando con atención reverente aquel alto espíritu que, desestimando el heredado esplendor de sus mayores, le encubría magnánimamente en un ropón grosero; y huyendo de la celebridad de su fama, generosamente se ocultaba a sus merecidos aplausos en los escondrijos del yermo. Ofreció a Gil exquisitos dones, riquezas sumas y dignidades espléndidas, pero muy en vano, porque aquel varón totalmente apartado del interés y ambición, agradeciendo humildemente los ofrecimientos, aceptó solamente en lo interior de su ánimo la ocasión de renovar un constante desprecio de las cosas vanas. Únicamente consiguió el rey que diese Gil otro piadoso destino al empleo de la limosna que le ofrecía: y proponiéndole que sería conveniente levantar un pequeño monasterio para rogar a Dios por su bien y por la felicidad de todo su reino, se ejecutó así, consagrándose aquel dichoso sitio de la cueva, que por haberla habitado Gil pudiera ya ser respetada como templo, y a instancia del rey, y contra la propia voluntad, admitió el santo el gobierno de aquel monasterio.
Allí vivió por espacio de algunos años, ordenándose luego de sacerdote en atención a su alta dignidad, y para que el nuevo estado no desdijese del antiguo modo de vivir, antes bien añadiese el ejemplo común, que en la vida social debemos al prójimo, procuró siendo abad mostrarse tal, esto es, padre, con el amor y caridad a sus hijos espirituales.
En este empleo tuvo siempre presente su grande obligación, entendiendo que ser superior no consiste en una autoridad arrogantemente imperiosa, sino en la pronta y humilde sujeción a los más honestos dictámenes del buen ejemplo que la razón propone: que mande más y primero con las obras virtuosas que con las buenas palabras, que los religiosos obedezcan antes su vida que sus órdenes, que le respeten más por la virtud que por la dignidad, y que, siendo superior, trate a sus súbditos de tal manera que les enseñe serlo de buena gana. Esto practicó el santo abad de tal manera que en los ejercicios de la humildad era siempre el primero; en la corrección de sus inferiores, aunque severo, entrañablemente amoroso; pues en las faltas de otros estudiaba el conocimiento de la flaqueza humana, y eran los vicios ajenos una provechosa precaución. Fue tan observante del silencio, que nunca habló sino por precisión o caridad, satisfaciendo, enseñando o consolando a los que le había menester. Dista suerte vivía entre los religiosos, como antes en la cueva: tan recogido, como si estuviera solo, siendo su principal ejercicio la oración, persuadido a que quien no trata con Dios está muy lejos de lograr sus favores más apreciables. No salía del monasterio sino para consuelo del prójimo. Una vez que hubo de ir a la ciudad de Orleans (por orden del rey) encontró un endemoniado en la iglesia de Santa Cruz, y el perverso espíritu, que ciertamente temía la misericordia de Gil, intentando burlarla con astuta malignidad, le pidió licencia para dejar de poseer aquel miserable hombre. El santo se la dio de buena gana, obligándole a salir al instante sin el menor daño, como quien acostumbrado a vencer las astucias diabólicas, por experiencia larga sabía, que aun cuando el ejercicio de la caridad se ofrece con el engañoso rebozo de la tentación de no practicarla, también se debe abrazar.
Aprovechaba pues así, y a los demás, convirtiendo a Dios innumerables pecadores y moviéndolos a penitencia tan eficazmente, que parecía que tenía dominio en los corazones humanos. Entre muchísimos otros redujo a arrepentimiento de cierto oculto pecado a su propio rey.
Siendo Gil abad, se ofreció una grave controversia entre San Cesario, metropolitano de Arlés, y el obispo acuense sobre si éste había  de acudir siempre que aquél le convocase a la celebración de algún sínodo o establecimiento provincial. Se valió Cesario del abad Gil por el conocimiento que tenía de su prudencia y gran celo de mantener la jurisdicción y autoridad eclesiástica. Partió el abad a Roma. Presentó a Símaco, pontífice máximo, un memorial lleno de razón y justicia: hizo en él ostensión de los antiguos privilegios de la iglesia de Arlés y pidió la confirmación de ellos. Oyóle el Sumo Pontífice con benignidad y agrado, y en el año del Señor quinientos catorce, que fue el último de su pontificado, rescribió que debían mantenerse los antiguos privilegios y que en consecuencia de esto el metropolitano de Arlés pacíficamente usase de su antiguo derecho, y que si alguno pretendía que se le hacía injuria, procurase acudir a la silla apostólica y se le haría justicia. Este memorial y rescrito aun hoy permanecen en muchas colecciones de concilios; y son los monumentos que dan más luz a la cronología de esta vida, y entre otras consecuencias que se pueden sacar, es una la de no haber sido San Gil monje benedictino; así porque fue abad muchos años antes que San Benito formase su Regla; como porque ésta no entró en Francia hasta que San Mauro, discípulo de San Benito, la introdujo en ella en el año del Señor quinientos cuarenta y tres. Y así, o profesó San Gil la Regla de San Basilio tan frecuente en el Oriente, o la de su amigo San Cesario. Lo cierto es que, bien despachado de Roma, recibió del Sumo Pontífice la bendición apostólica y se restituyó a su monasterio, donde gobernó religiosa y santamente por espacio de algunos años hasta que por último llegó al dichoso fin de su vida; y para el feliz tránsito de ella se previno alegre a la postrera partida con mayor aspereza de penitencias y más fervorosa oración; y con mucha paz y sosiego entregó su espíritu al Señor día primero de setiembre de uno de los años del siglo sexto, que probablemente fue cerca del cuadragésimo; porque habiéndole tenido San Cesario por compañero suyo, es verosímil que le conociese de cuando estudiaba en Atenas y que fuese de la misma edad con poca diferencia; pues viéndole venir de tierra forastera le admitió luego tan francamente en su amistad más íntima. Constando, pues, que murió San Cesario cerca del año cuarenta y dos del siglo sexto, parece que San Gil, de quien se dice que llegó a tenerla adelantada, debió partir a la gloria eterna por aquel tiempo.
Corrió la fama de que el abad Gil dejó de vivir aquí en el mundo; y fue tal el sentimiento que causó, que aun la consideración de que había ido a gozar de la presencia de Dios no era consuelo bastante de tan gran pérdida. Pero, como es estilo de la divina omnipotencia hacer más frecuentes milagros por el poderoso medio de sus siervos glorificados, que de los que son aun viadores, por no poner a riesgo su virtud, si aun en vida la eleva a tanta honra, como la de ser visible instrumento de su infinito poder; se experimentó luego el favor de Gil mucho más eficaz.
La Vida de san Gil Abad de Gregorio Mayans. 1724.
 
 
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